27 de marzo

"Es el tiempo que has dedicado a tu rosa lo que la hace importante”
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Capítulo XXI.
Yo quería un varón. En la concurrida antesala del obstetra, confiado, sólo podía aceptar la confirmación de mi deseo más preciado. Un macho, el último de la estirpe, el continuador de un apellido que necesitaba de mí para evitar su extinción. Cuando pasamos al consultorio, con tu madre recostada sobre la camilla y tu esquiva imagen en el monitor, devaneos de futuros peloteos callejeros cruzaban mi mente. Ibas a llamarte Hipólito. Nombre elegido hacía muchos años; mi sentido homenaje al Peludo, el más grande de los argentos. No podía aceptar otra cosa. Y el doctor nos pregunta cómo habíamos pensado llamarte. “Saludos a Olivia”, nos dijo, mientras abría la puerta para despedirnos. Luego, sólo recuerdo estar sentado en el auto, aferrado al volante, shockeado. Tu madre relató siempre que, antes que eso, yo había salido a la sala diciendo “…igual la vamos a querer…” y que todo el auditorio del consultorio era una carcajada uniforme… Tu madre suele no mentir. ¿Olivia? ¿Y que había de mí en ese nombre? Egoísta, pedí el cambio. Juana, el segundo de la lista. Tu madre accedió. Serías Juana.
Tu continente, cálido, era además fuerte, seguro, estable. Yo veía que crecías, invisible y cierta, contagiado de la firmeza que tu madre irradiaba. Una mujer de carácter. Seguro de tu salud, me sentía agobiado por el peso de una inédita responsabilidad. ¿Cómo sería ser padre? ¿Qué clase de padre sería? “Que nazca de veinte, así se arregla sola”, pensaba. Yo, practicante de audacias varias –intelectuales y de las otras- tenía….miedo. Miedo que sólo desaparecía al ver tu redondez, sentir tu latido, dentro de su latido…
Ese jueves alguien, además de ustedes, me necesitaba. El tercer llamado de tu madre, perentorio, me hizo reaccionar. “Querés venir, por favorrrr”. La cabeza me estallaba en el taxi. Llegué jadeando, pero decidiste hacerte esperar. Tus cuatro kilos cien, obligaron a un extenso trabajo de parto. Una vez en brazos del doctor, tu madre preguntó: ¿Porque no llora? Ya eras obediente, como ahora, y ahí mismo escuchamos tu primer llanto. Mis brazos, temblorosos, te recibieron. “No me dejes solo”, le dije a la enfermera, que me miró sin gracia, quizás acostumbrada a la cobardía de los primerizos. Paseé tu novedad delante de tus abuelas, que lagrimeaban y hacían todo tipo de morisquetas pegadas al vidrio. Traté inútilmente de averiguar tu color de ojos. Te entregué a la enfermera, me desplomé en la primera silla que encontré y lloré brevemente mi alegría inmensa, en soledad…
Aquel día, mi vida había cambiado por completo. Pero sólo algunos años después, tomé debida cuenta de eso, cuando cada navidad, cada día del padre y algún que otro veintisiete de marzo en que no te veía eran como un puñetazo al alma que agrandaba la culpa de no ser.
Hoy, ya no quiero un varón. Los devaneos se transformaron en peloteos reales, en plazas, campos, calles y ramblas. Si volviera a suceder, quiero una y mil veces a Juana, a vos, mi vida. La de los hoyuelos cuando se ríe, la del buen humor al despertarse y al acostarse, la de la simpatía eterna, la amante de la familia, la de la respuesta como látigo. Juanísima, la que ama el fútbol, a Boca, a Forlán. Mi bebé, la que sabe cómo arrancarte un sí en un mano a mano, la que no se detiene hasta lograr lo que quiere. Juana, la agradecida, “la llena de gracia”…
Es el tiempo que has dedicado a tu rosa lo que la hace importante. Hoy, sólo quiero tiempo. Tiempo recuperado, tiempo para compartir, para ser feliz. Con vos, mi amor. Porque soy responsable de mi rosa. Quiero tiempo para disfrutar antes que se te borren las pecas del alma y la piel y que tu mundo de muñecas pase veloz como una primavera en flor…
Antes que el temporal de la madurez desguace tus alas blancas.
Feliz cumpleaños. Te amo.
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