"Es el tiempo que has dedicado a tu rosa lo que la hace importante” Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Capítulo XXI. Yo quería un varón. En la concurrida antesala del obstetra, confiado, sólo podía aceptar la confirmación de mi deseo más preciado. Un macho, el último de la estirpe, el continuador de un apellido que necesitaba de mí para evitar su extinción. Cuando pasamos al consultorio, con tu madre recostada sobre la camilla y tu esquiva imagen en el monitor, devaneos de futuros peloteos callejeros cruzaban mi mente. Ibas a llamarte Hipólito. Nombre elegido hacía muchos años; mi sentido homenaje al Peludo, el más grande de los argentos. No podía aceptar otra cosa. Y el doctor nos pregunta cómo habíamos pensado llamarte. “Saludos a Olivia”, nos dijo, mientras abría la puerta para despedirnos. Luego, sólo recuerdo estar sentado en el auto, aferrado al volante, shockeado. Tu madre relató siempre que, antes que eso, yo había salido a la sala diciendo “…igual la vamos a querer…...